Mujeres en los campos de concentración

Mujeres en los campos de concentración

01-02-2020

La literatura del Holocausto ha sido tradicionalmente escrita por hombres y «cuando las mujeres supervivientes rompieron el silencio, los hombres ya habían copado todo el espacio», cuenta Giuliana Tedeschi a Daniela Padoan en Como una rana en invierno. Tres mujeres en Auschwitz (Altamarea). Pero ellas también estuvieron allí y también lo contaron: en los últimos años, han aparecido valiosos testimonios de mujeres prisioneras de Auschwitz-Birkenau, Ravensbrück o Bergen-Belsen que narran lo vivido en libros que dialogan entre ellos. Mientras los hombres contaron su experiencia poco después de lo sucedido y muchos hicieron carrera literaria, no fue así en el caso de las mujeres, que han necesitado poner distancia para que el odio no cegara su escritura. Para un hombre, sobrevivir a los campos era un milagro. Una mujer tenía el 50 % de probabilidades.

LA LLEGADA AL CAMPO

Nada más llegar, las prisioneras eran desnudadas como forma de humillación y sometimiento. Les quitaban la ropa y les rapaban el pelo para que todas fueran iguales. Les quitaban su identidad. Pero a las mujeres, además, les quitaban algo más íntimo: con el ayuno severo y el trabajo extenuante, en pocos días perdían la forma de su cuerpo y se les retiraba la menstruación. Les quitaban su condición de mujer. Muchas fueron esterilizadas, forzadas a abortar o las secuelas les impidieron ser madres. Las que estaban embarazadas veían como sus hijos morían de hambre nada más nacer; algunas los asfixiaban para evitarles el sufrimiento. Quienes tenían hijos menores de trece años, presenciaban cómo los llevaban a la cámara de gas.

Tras haberles quitado su ropa, a las mujeres que no eran arias les daban otra que había pertenecido a una prisionera muerta. No importaba si era grande o pequeña: era la única que tenían. También les daban zapatos desparejados, muchas veces uno de tacón y otro plano de hombre, y tenían prohibido intercambiarlos entre ellas. Una decisión nada casual para Goti Bauer: «Era intencionada, estaba tomada para privarnos no sólo de nuestras cosas sino también, y sobre todo, de nuestra dignidad como personas. Traía consigo el deseo de degradarnos a alguna cosa que no tuviera ya nada de humano».

«Hasta entonces todavía éramos seres humanos. Ahora ya no somos nada.» Cuando Ginette Kolinka volvió a Birkenau cincuenta y cinco años después, le pareció un decorado: faltaban el barro y la suciedad, el humo de las chimeneas, el intenso frío que pasaban cuando les hacían salir de la ducha sin secarse en medio de la noche helada, los gritos y los golpes arbitrarios de las kapos. Faltaba, sobre todo, el olor, «una mezcla de carne quemada, aunque eso aún no lo sabíamos, y de mugre».

LA ESTANCIA EN EL INFIERNO

Las prisioneras vivían hacinadas y sin nada más que los harapos que llevaban puestos. Un pedazo de pan o una mondadura de patata eran un lujo. En Sin flores ni coronas (Periférica), Odette Elina se avergüenza al recordar cómo robaban a las muertas: «Cuando una de nosotras moría, las demás se precipitaban como una bandada de cuervos […]. Tanta rapacidad desatada por unos miserables trapos, por un trozo de pan blanco o un simple diente de ajo». Hoy, las autoras se sienten mezquinas por haber tenido actitudes que ahora les resultan indignas, pero en aquel momento debieron elegir entre esa mezquindad o la muerte. Marceline Loridan-Ivens lo describe en Y tú no regresaste (Salamandra), una larga carta a su padre que nunca recibiría: «En aquel lugar uno se congelaba por dentro para no morir. […] El espíritu se encogía».

En Vivir (Errata Naturae), Anise Postel-Vinay cuenta su estancia en Ravensbrück marcada como «NN», noche y niebla. Así señalaban a las personas susceptibles de desaparecer sin dejar rastro. Eran las favoritas para los experimentos de Mengele: mujeres a las que inoculaban virus del tétanos o de la gangrena gaseosa directamente en los huesos, a las que dejaban morir para observar la enfermedad; mujeres a las que quitaban músculos de las piernas o causaban grandes heridas que no curaban. Las que lograban sobrevivir quedaban mutiladas para siempre.

Si las judías eran prisioneras de segunda, las gitanas eran todavía inferiores en la jerarquía de los campos. El testimonio de Ceija Stojka en Bergen-Belsen volcado en ¿Sueño que vivo? Una niña gitana en Bergen-Belsen (Papeles Mínimos) es particularmente desgarrador: dormían a la intemperie, comían tierra y bebían el rocío que destilaba el alambre de las vallas. Para resguardarse del frío, los niños se refugiaban entre los montones de cadáveres; tenían el tronco abierto, porque por el camino les habían vaciado las entrañas para comérselas.

LA VIDA DESPUÉS DEL HORROR

La única autora que aborda el tema desde la ficción es Java Rosenfarv, superviviente de Auschwitz y de Bergen-Belsen. Y, curiosamente, es la única que menciona la violencia sexual, quizás protegida por la distancia que la ficción le permite poner. En sus relatos recogidos en Supervivientes (Xordica) condensa sus experiencias como superviviente, muchas compartidas con el resto de autoras: su dificultad de adaptación a una vida normal, el peso de la culpa por haber sobrevivido, la vergüenza por haber actuado de forma miserable, el recuerdo del horror.

«No profundizo nunca en determinados aspectos porque no tengo el valor de ir hasta el final del testimonio extremo», escribe Liliana Segre. Ceija Stojka también lo menciona: «La auténtica verdad, el miedo y la miseria, lo que realmente nos hicieron, eso no te lo puedo contar». En estos testimonios, las autoras narran hechos terribles, auténticas atrocidades. Pero los textos dejan ver que hay mucho más y que sus autoras no han sido capaces de contarlo. Lo que vivieron fue mucho peor. Aunque nos sobrecoja lo que cuentan, no han sido capaces de relatar lo que verdaderamente es el espanto.

 

REGRESO A BIRKENAU

Ginette Kolinka
Traducción de Isabel González-Gallarza
Seix Barral, 2020.

 

 

 

 


SUEÑO QUE VIVO

Ceija Stojka
Traducción de Pilar Mantilla
Papeles Mínimos, 2019.

COMO UNA RANA EN INVIERNO:
TRES MUJERES EN AUSCHWITZ

Liliana Segre, Goti Bauer, Giuliana Tedeschi y Daniela Padoan
Traducción de Laura y Pablo Gastaldi
Altamarea, 2019.

SUPERVIVIENTES

Java Rosenfarb
Traducción de Daniel Gascón
Xordica, 2016.

Y TÚ NO REGRESASTE

Marceline Loridan-Ivens
Traducción de José Manuel Fajardo
Salamandra, 2015.

SIN FLORES NI CORONAS

Odette Elina
Traducción de Luis Eduardo Rivera
Periférica, 2014.

VIVIR

Anise Postel-Vinay
Traducción de Laura Naranjo
Errata Naturae, 2014.

   

Una versión resumida de este artículo fue publicado el sábado 1 de febrero de 2020 en ABC Cultural. Aquí podéis descargar el artículo tal como salió publicado en PDF.

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