JULIAN BARNES: "Escribir es un trabajo muy duro pero disfruto haciéndolo, me siento privilegiado"

Acaba de aparecer en España “Arthur y George” (Anagrama), la última novela del autor británico Julian Barnes (1946). El escritor presentó su libro en Barcelona acompañado de Jorge Herralde, su editor en español desde hace más de veinte años. En su visita a nuestro país se mostró relajado y ocurrente. Recibió a “Artes & Letras” y, haciendo gala de un irónico sentido del humor, nos habló de su nueva novela, del oficio de escritor y de la literatura británica de este momento.

Cuéntenos cómo surge la historia de “Arthur y George”

Esta historia vino a mi encuentro, me la topé cuatro o cinco años antes de que decidiera escribirla. Estaba leyendo un libro del historiador británico Douglas Johnson acerca del caso Dreyfus, y en el prólogo mencionaba que en Inglaterra había ocurrido un caso parecido a principios de 1900. En una aldea cerca de Birmingham, aparecieron varios animales mutilados y acusaron a un chico angloindio, tímido y reservado que no se relacionaba con sus vecinos. Le hicieron un juicio profundamente injusto, con pruebas manipuladas, testimonios falsos, y fue condenado. Conan Doyle se interesó por el caso, como ocurrió en Francia con Zola. Busqué información sobre esta historia, pero me di cuenta de que en cien años nadie se había interesado por ella, y pensé “Lo tengo”.

Un error judicial, el linchamiento público de alguien inocente, una historia en el olvido desde hace años... son ingredientes apetecibles para escribir una novela.

Sobre todo, lo que me interesó de la historia es que aunque sucedió en 1900, podría ocurrir hoy sin muchas diferencias. También me interesó mucho el reto que me planteaba el hecho de enfrentarme a dos personajes con pesos muy distintos. Por un lado, Arthur era un personaje público muy conocido, pero George era un personaje muy normal, muy gris, no se sabía casi nada de él. Fue un reto para mí compensar estos personajes y que tuvieran igual importancia.

De nuevo una novela suya tiene como personaje central a un escritor ¿Le sedujo el papel de Conan Doyle en la historia?

La verdad es que no me sentí muy cómodo escribiendo de nuevo acerca de un escritor. Al contrario de lo que me ocurría con Flaubert, lo cierto es que la vida de Conan Doyle no me interesaba en absoluto. Que aparezca este escritor en la novela es un accidente, hubiera preferido que quién ayudó a denunciar la injusticia cometida con George Edalji hubiera sido un dentista o un mecánico. Pero fue Conan Doyle quien ayudó a George, y no podía contar la historia sin hablar de él, no podía dejarle fuera. Aunque es cierto que después de documentarme mucho acerca de su vida, me resultó más interesante de lo que esperaba, era un personaje más atractivo y más complejo de lo que había pensado.

Conan Doyle parecía una persona racional y lógica, cualidades que proyectaba en su personaje Sherlock Holmes. Sin embargo, estaba fascinado por el espiritismo, y creía firmemente en la vida después de la muerte.

A finales del siglo XIX el movimiento espiritista se consideraba un movimiento científico, tanto es así que muchos científicos británicos de gran reputación se involucraron en él. Era un momento en el que surgieron descubrimientos que hasta entonces parecían sobrenaturales, como los rayos X, los gases nobles... parecía racional pensar que se podía probar de forma científica que el espíritu humano podía sobrevivir a la muerte. Conan Doyle, como muchos otros personajes relevantes de su época, empezó aproximándose poco a poco a esas teorías y acabó completamente convencido, creyendo en mediums y en espíritus.

‘Arthur y George' también lo podía haber escrito como un ensayo. ¿Prefiere la novela como género para contar sus historias?

No tengo preferencia por ningún género en concreto. En este caso, cuando empecé a trabajar la idea pensé en hacerlo como un relato de no ficción. Pero me planteaba un problema: había demasiadas zonas oscuras. Por ejemplo, la personalidad de George la inventé en gran medida a partir de la lectura de un libro que él mismo escribió sobre la legislación que afectaba a los viajeros del ferrocarril. A partir de ese libro, construí al personaje, deduje como había sido. Y lo mismo ocurría con los hechos. El juicio de George y la intervención de Doyle estaban muy documentados, pero había partes muy importantes para el desarrollo de la historia que no estaban mencionadas en ningún sitio. Por ejemplo, la relación de Conan Doyle con Jane, que es una pieza clave en el libro. Y para rellenar estos huecos, tuve que utilizar la imaginación. Esto para una novela está muy bien, pero en un ensayo no puedes permitirte esas licencias.

En aquella época, los escritores eran personas muy influyentes en la sociedad. Tanto es así, que la participación de Conan Doyle en el caso Edalji dio lugar a la creación del Tribunal de Apelación.

En el momento en que transcurre la historia había varios escritores, no sólo Conan Doyle, también Kipling, H. G. Wells o Bernard Shaw, que tenían gran influencia en el gobierno. Si Conan Doyle pensaba que Inglaterra no debía ir a una guerra, hablaba con el ministro y le decía: “creo que nuestros jóvenes no están preparados para ir a la guerra”. Y les hacían caso. Ahora es diferente, un escritor puede manifestarse en contra de la guerra de Irak y decir que es una estupidez, además de algo ilegal, y el gobierno de turno no le hará ningún caso. Creo que esto es en parte porque los escritores han cambiado, y en parte porque los políticos han cambiado ¿Con quién preferiría fotografiarse Tony Blair, con Ian McEwan o con Bono, cantante de U2? la respuesta es muy fácil de adivinar. Hay una reflexión interesante en todo esto, y es qué harían los escritores británicos si esto ocurriese hoy; no sé si hoy día un escritor se involucraría tanto como lo hizo Conan Doyle.

Usted expresó su opinión acerca de la guerra de Irak en un artículo bastante crítico.

Sí, escribí un artículo para ‘The Guardian' en contra de la guerra de Irak. Recibí un aluvión de cartas de respuesta, pero ninguna de ellas hablaba de él: todas protestaban por una columna que yo había escrito diciendo que una receta que hizo un famoso cocinero en su programa de televisión no funcionaba... No podía creerlo, no recibí ni una sola respuesta a mi artículo. A la gente le preocupaba más la columna contra el cocinero que nuestro gobierno apoyara una guerra. Bueno, quizá era porque todos los lectores estaban de acuerdo conmigo en eso...

En su historia, George Edalji fue considerado sospechoso por su raza india. Hace poco en Inglaterra ocurrió algo parecido con Meneses, el brasileño asesinado por la policía en el metro de Londres.

Sí, fue un asunto trágico. La historia de George me gustó desde el principio porque pensé que podría haber sucedido hoy sin muchos cambios, y creo que la policía actual ha cometido en el caso Meneses los mismos errores que cometió hace cien años con George. En ambos casos, la policía estaba convencida de quién era el culpable, tenían un montón de piezas sobre la mesa y simplemente las hicieron encajar. Cuando se dieron cuenta de que habían matado al hombre equivocado, empezaron a mentir acerca de lo que había pasado. Todo empezó con un error de las autoridades, y a partir de ahí, sólo podía ir a peor. La policía se equivocó interpretando las pruebas que tenía, y forzaron las cosas para que su versión tuviera sentido.

Usted empezó a escribir hace casi treinta años, y ha publicado ya más de quince libros. ¿En qué es diferente el Julian Barnes que escribió “Metrolandia” del autor de “Arthur y George”?

“Metrolandia” fue el primer libro que escribí y tardé ocho años en hacerlo, y éste que es tres veces más largo me llevó dieciocho meses. Sé mejor lo que hago, he aprendido cuales son mis debilidades y mis puntos fuertes. Soy consciente de cuánto puedo profundizar en una historia, de cuánto debo concentrar el tema principal y sé estimar mejor cuánto me va a costar escribirlo. En este tiempo he aprendido sobre todo cosas acerca de mi propia psicología. De alguna forma, aprendes más sobre la vida: ves más cosas, entiendes más cosas... y todo eso se refleja en tu forma de escribir.

¿En qué consiste para usted la escritura, el acto de escribir?

Escribir es un trabajo muy duro pero disfruto haciéndolo y me siento privilegiado por poder dedicarme a ello. Creo que tengo suerte porque tengo temperamento de escritor: me siento bien cuando estoy solo durante muchas horas, quizás porque sé que al final del día tengo compañía. De todo el proceso hay un momento que disfruto especialmente: cuando tienes la historia, la estás escribiendo por primera vez, y ves que fluye suave, que todo está controlado, y sabes hacia donde vas. Ese es el momento que más disfrutas, pero rápidamente te das cuenta de que esa sensación de tenerlo todo controlado es absolutamente falsa. Entonces, lees lo que has escrito y dices: “bueno, sólo es el primer borrador”, y comienza el trabajo de verdad. Es un momento de frescura.

Usted pertenece a una brillante generación de escritores británicos muy reconocida dentro y fuera de Inglaterra.

La literatura inglesa está en un momento excelente y en mi generación hay autores de gran calidad como Ian McEwan, Salman Rushdie, Ishiguro... Pero todos estos escritores tienen entre 55 y 65 años, y pronto será necesario un relevo. Creo que cada generación de escritores piensa que la suya va a ser la última (risas), pero por suerte, en este momento están apareciendo muy buenos autores. Su exponente más importante es Zadie Smith, pero también hay que tener en cuenta a la escritora de relatos Helen Simpson, o a un joven novelista que ha sido finalista este año del premio Booker Man llamado Edward Staubyn... son autores realmente maduros, pero esto debe ser porque los escritores jóvenes nunca son muy jóvenes, todos ellos rondan los 40... (risas). Zadie Smith es muy inteligente, y una escritora fabulosa. Hay un guiño brillante hacia nuestra generación en su primera novela, “Dientes Blancos”. Es un pequeño detalle, en un momento de la novela tres chicos se meten en problemas con el director del colegio por fumar... ¿recuerdas sus nombres? Se llamaban Ian (por McEwan), Mart (por Martin Amis) y Jules (por mí). Cuando, después de leerla le dije: “Martin, Ian, Julian”, ella levantó las cejas riendo y sólo dijo: “perdón”. Creo que fue un homenaje.

Eva Cosculluela
Barcelona, enero 2007

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