En 1926, mientras España vivía la dictadura de Primo de Rivera se fundó en Madrid el Lyceum Club. Formaba parte de la red de Lyceums que se estaban creando en otras capitales europeas a imagen del de Londres, y tenía como premisa fundamental mantenerse ajena a toda tendencia política o religiosa, para poder así fomentar la convivencia y aunar las voluntades de mujeres que disentían en estos aspectos.
Presidido por María de Maeztu (en ese momento directora de la Residencia de Señoritas, análogo femenino de la Residencia de Estudiantes), esta asociación de mujeres tenía como objetivo servir como lugar de reunión para mujeres interesadas por el arte, la literatura y otras disciplinas culturales y albergar a personalidades femeninas extranjeras que visitaban Madrid. Tras estos objetivos latía con fuerza una idea: utilizar la educación y la cultura como vehículos para mejorar la situación de la mujer en España y permitirle vivir en igualdad y en libertad.
En el momento de su fundación, el Lyceum lo integraron 115 mujeres provenientes de distintos ámbitos. La asociación organizaba actividades culturales que llevaron hasta sus salones a los mejores escritores, artistas y científicos de la época: Lorca, Alberti, Unamuno, Benjamín Jarnés o Gregorio Marañón, entre muchos otros. Quien renunció a la visita fue Jacinto Benavente, que contestó a la invitación diciendo “No tengo tiempo. No puedo dar una conferencia a tontas y a locas”. En “La conspiración de las lectoras”, Marina y Rodríguez de Castro rinden homenaje a estas mujeres brillantes: María de Maeztu, Victoria Kent, Zenobia Camprubí, María Lejárraga, Concha Méndez, Maruja Mallo, Clara Campoamor, Isabel Oyárzabal, Ernestina de Champourcín, Mª Teresa León... Mujeres que intentaron cambiar su destino, que no se conformaron con una vida dedicada en exclusiva al cuidado del marido y del hogar.
Este club enseguida fue visto con reticencia por la mayoría de la sociedad, tildando a sus integrantes de locas y criminales. Se dijo que el Lyceum era un lugar donde se fumaba opio y se practicaba el juego. Una revista religiosa publicó: “El ambiente moral de la calle y de la familia ganaría mucho con la hospitalización o el confinamiento de esas féminas excéntricas y desequilibradas”. Se percibió como una amenaza que las mujeres fortalecieran su posición y tomaran conciencia colectiva. Pronto fueron conocidas despectivamente como las “maridas”, en referencia a que algunas estaban casadas con hombres importantes: Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, Gregorio Martínez Sierra, Benjamín Palencia, Manuel Altolaguirre, Ramón Menéndez Pidal... En 1939 el Lyceum fue clausurado por “causas políticas” y su edificio pasó a ser la sede de la sección femenina.
En una de las partes más interesantes del libro, los autores destacan cómo el derecho es el detonante para comenzar un cambio. Cuando se levanta la prohibición de cursar estudios universitarios para las mujeres, descubren el Código Civil y el Código Penal, y se hace patente la discriminación que sufren las mujeres por el mero hecho de serlo. En el Lyceum se impartieron seminarios para acercar a sus socias al conocimiento de las leyes y para que tomaran conciencia de las desigualdades que éstas propiciaban. El debate sobre el voto femenino centra también el capítulo, con la lucha de Clara Campoamor a favor de este derecho y la postura de Victoria Kent en el proceso.
Este es un libro repleto de referencias, un libro que lleva a otros libros. Que deja con ganas de leer las biografías de Antonina Rodrigo (“Mujeres para la historia”, “María Lejárraga, una mujer en la sombra”), o los “Recuerdos de una mujer de la Generación del 98”, de Carmen Baroja, o “Doble esplendor”, de Constancia de la Mora, o las “Memorias habladas. Memorias armadas” de Paloma Ulacia Altolaguirre, o “Gregorio y Yo”, de María Martínez Sierra... De saber más de estas mujeres que, como dice Mª Teresa León en sus “Memorias de la melancolía”, no se conformaban con las reuniones de abanico y baile y se habían propuesto adelantar el reloj de España.
LA CONSPIRACIÓN DE LAS LECTORAS. JOSÉ ANTONIO MARINA Y Mª TERESA RODRÍGUEZ DE CASTRO. Anagrama. Barcelona, 2009. 274 páginas.
Eva Cosculluela
Reseña publicada en Artes&Letras el 28/02/2010
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